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El marqués de Sade ha vuelto a entrar en el volcán en erupción
De donde había salido
Con sus hermosas manos todavía ornadas de flecos
Sus ojos de doncella
Y ese permanente razonamiento de sálvese quien pueda
Tan exclusivamente suyo
Pero desde el salón fosforescente iluminado por lámparas de entrañas
Nunca ha cesado de lanzar las órdenes misteriosas
Que abren una brecha en la noche moral
Por esa brecha veo
Las grandes sombras crujientes la vieja corteza gastada
Que se desvanecen
Para permitirme amarte
Como el primer hombre amó a la primera mujer
Con toda libertad
Esa libertad
Por la cual el fuego mismo ha llegado a ser hombre
Por la cual el marqués de Sade desafió a los siglos con sus grandes árboles abstractos
Y acróbatas trágicos
Aferrados al hilo de la Virgen del deseo.
La idea que del escritor tenía el joven Marx exige en nuestros días ser reafirmada
vigorosamente. Está claro que esta idea debe ser extendida, en el plano artístico y científico, a
las diversas categorías de artistas e investigadores. “El escritor – decía Marx – debe
naturalmente ganar dinero para poder vivir y escribir, pero en ningún caso debe vivir para ganar
dinero… El escritor no considera en manera alguna sus trabajos como un medio. Son fines en
sí; son tan escasamente medios en sí para él y para los demás, que en caso necesario
sacrifica su propia existencia a la existencia de aquéllos… La primera condición de la libertad
de la prensa estriba en que no es un oficio.” Nunca será más oportuno blandir esta declaración
contra quienes pretenden someter la actividad intelectual a fines exteriores a ella misma y,
despreciando todas las determinaciones históricas que le son propias, regir, en función de
presuntas razones de Estado, los temas del arte. La libre elección de esos temas y la ausencia
absoluta de restricción en lo que respecta a su campo de exploración, constituyen para el
artista un bien que tiene derecho a reivindicar como inalienable. En materia de creación
artística, importa esencialmente que la imaginación escape a toda coacción, que no permita
con ningún pretexto que se le impongan sendas. A quienes nos inciten a consentir, ya sea para
hoy, ya sea para mañana, que el arte se someta a una disciplina que consideramos
incompatible radicalmente con sus medios, les oponemos una negativa sin apelación y nuestra
voluntad deliberada de mantener la fórmula: toda libertad en el arte.
El mundo físico todavía está allí. Es el parapeto del yo el que mira y sobre el cual ha quedado
un pez color ocre rojizo, un pez hecho de aire seco, de una coagulación de agua que refluye.
Pero algo sucedió de golpe.
Nació una aborrecencia quebradiza, con reflejos de frentes, gastados, y algo como un ombligo
perfecto, pero vago y que tenía color de sangre aguada y por delante era una granada que
derramaba también sangre mezclada con agua, que derramaba sangre cuyas líneas colgaban;
y en esas líneas, círculos de senos trazados en la sangre del cerebro.
Pero el aire era como un vacío aspirante en el cual ese busto de mujer venía en el temblor
general, en las sacudidas de ese mundo vítreo, que giraba en añicos de frentes, y sacudía su
vegetación de columnas, sus nidadas de huevos, sus nudos en espiras, sus montañas mentales,
sus frontones estupefactos. Y, en los frontones de las columnas, soles habían quedado
aprisionados al azar, soles sostenidos por chorros de aire como si fueran huevos, y mi frente
separaba esas columnas, y el aire en copos y los espejos de soles y las espiras nacientes,
hacia la línea preciosa de los senos, y el hueco del ombligo, y el vientre que faltaba.
Pero todas las columnas pierden sus huevos, y en la ruptura de la línea de las columnas nacen
huevos en ovarios, huevos en sexos invertidos.
La montaña está muerta, el aire esta eternamente muerto. En esta ruptura decisiva de un
mundo, todos los ruidos están aprisionados en el hielo; y el esfuerzo de mi frente se ha
congelado.
Pero bajo el hielo un ruido espantoso atravesado por capullos de fuego rodea el silencio del
vientre desnudo y privado de hielo, y ascienden soles dados vuelta y que se miran, lunas
negras, fuegos terrestres, trombas de leche.
La fría agitación de las columnas divide en dos mi espíritu, y yo toco el sexo mío, el sexo de
lo bajo de mi alma, que surge como un triángulo en llamas.